Johannes Vermer: “El pintor holandés que no tiene precio”

Fue tan explosivo el crecimiento del mercado del arte en los últimos años —allí no hay Lehmann Brothers ni crisis turca que le afecte—que los números ya no asombran. El ingreso de magnates rusos, chinos y árabes desplazó a los antiguos mecenas y por eso surgen con cierta frecuencia las subastas de cuadros que superan los US$100 millones. Y así se dispararon a las nubes la cotización de Picasso o Van Gogh, Cezanne o Gauguin o, de épocas más recientes, nombres igualmente famosos: Pollock, Warhol, Freund, De Grooning Pero una cuestión es la valorización comercial y algún capricho —el jeque qatarí que pagó US$200 millones por un cuadro de Cezanne para su propio museo— y otra, la categoría fijada por los críticos. En ese sentido ¿cómo ingresaría al mercado un Vermeer, por ejemplo? Probablemente, no suceda nunca. Del pintor holandés apenas se conservan 36 obras, auténticamente reconocidas. Sólo tres pasaron por el circuito de ventas y no habrá otras disponibles para eso. Sucede que Johannes Vermeer fue prácticamente ignorado después de su muerte (1675) y recién a comienzos del siglo pasado lo “redescubrieron”.

Cuando las tropas aliadas ingresaron en un refugio nazi en Austria y hallaron 1.200 piezas de arte, allí estaba el “Cristo y la mujer adúltera”, un Vermeer por el que el Führer se había obsesionado. Pero, en distintas salas, los jerarcas nazis habían colocado otras supuestas obras del pintor holandés que, poco después, se supo que eran de un falso Vermeer: un remedo de pintor llamado Hans van Meegeren que hizo de la falsificación un culto. Al final de la Guerra lo juzgaron en Holanda por colaboracionista y también transformó ese proceso en un show. Al escuchar la sentencia —le dieron apenas un año de cárcel, que no llegó a cumplir porque murió enseguida— exclamó: “Puedo asegurarles que nunca sabrán con seguridad cuáles Vermeer son auténticos y cuáles pinté yo”.

Pero el hombre que había rescatado el valor artístico de Johannes Vermeer era un historiador: Theophile Thoré. Y la fama “mediática” llegaría recién sobre fin de la década del 90, cuando la novela “La joven de la perla”, de Tracey Chevalier, se convirtió en un bestseller. El director Peter Webber la llevó al cine, describiendo relación entre el pintor (interpretado por Colin Firth) y su presunta musa (Scarlett Johansson como “la chica de la perla”).

Un compositor holandés contemporáneo, Luis Andriessen, le dedicó una ópera (“Escribiendo a Vermeer”) con textos de Peter Greenway: “Es el pintor que fija sobre su tela los pequeños momentos que son tan bellos para llegar a la eternidad”. A esa altura, el nombre de Johannes Vermeer ya sonaba con mayor frecuencia en el circuito del arte, el Louvre convocó a una de sus principales exposiciones y Taschen le dedicó un magnífico libro con textos de Karl Schütz.

Las obras de Vermeer, desde entonces, inspiraron trabajos científicos, documentales como el del estadounidense Tim Jenison, que describe los sorprendentes detalles ópticos captados por el pintor, o cuentos de Manuel Rivas, entre otros. Poco se sabe de la vida de Vermeer aunque se le define como “un producto del Siglo de Oro” de la pintura holandesa. Específicamente, la llamada pintura de género que deslumbró entre 1650 y 1680: conjuntos de pequeños formatos, intimistas y austeros que reflejaban la vida cotidiana. Y Vermeer la expuso como nadie.

Hijo del dueño de una taberna, tampoco hay precisión sobre sus estudios y maestros. Puede ser que haya tomado algunas clases en Italia, o con Carel Fabritius, el gran pintor de la época. Absorbió las tendencias de la pintura flamenca y holandesa.

El dato concreto es que Vermeer se casó joven, venía de familia protestante y a los 20 años se convirtió al catolicismo. Y tuvo la dicha de vivir en un ambiente ideal para su época: tolerancia (después de las sangrientas guerras de religión), comercio próspero y el arte holandés en su esplendor. Le protegieron algunos mecenas —entre ellos su suegra— y gozó de cierto predicamento en Delft, ya que fue vicedecano del Colegio de pintores, llamado el Gremio de San Lucas. Pero a su muerte en 1675, con apenas 42 años, sólo dejó deudas a su viuda Catalina y a sus más de diez hijos.

La revalorización de la obra de Vermeer ha convertido a la pequeña Delft (una ciudad de 100 mil habitantes) en un atractivo turístico, con sus 14 canales, 74 puentes y su imponente Catedral Gótica, desde cuya torre se pueden divisar Rotterdam o La Haya. Pero, a pesar del flamante Vermeer Centrum, que organiza las visitas guiadas, no se conserva allí ninguna obra del pintor. Ni siquiera “La callejuela” —un maravilloso paisaje de esa ciudad— o la intimista “La lechera”, que se encuentran en el principal museo holandés, el Rijkmuseum de Ámsterdam.

Para ver “La joven de la perla” —que algunos se animan a comparar con La Gioconda de Da Vinci— hay que llegar hasta el museo Maurithuis, en La Haya. Admirado por personajes que van de Proust a Cioran, el cuadro fue comprado en 1881 por un coleccionista llamado Arnoldus des Tombe Zelornes, quien apenas pagó dos monedas. A su muerte, se la donó al museo y allí permanece.

Schutz apunta que la fama del cuadro reside “en el atractivo intemporal de la joven, su mirada dirigida al espectador, el brillo húmedo de los ojos, los labios entreabiertos y el exotismo del atuendo. Ese ideal de belleza sigue vigente hasta hoy”. Hace pocas semanas, fue sometida a un trabajo de restauración con las técnicas más avanzadas. Para Tracey Chevalier, “cada cuadro, cada mujer que pinta Vemeer alberga tantos secretos, tantas historias latentes, pero no contadas, que merecerían una novela. Son mujeres ensimismadas en la intimidad de la alcoba, leen una carta, escriben, tocan música o simplemente miran por la ventana”.

Solamente 3 veces y en un siglo, las obras de Vermeer salieron a la venta. En 1921 fue la citada “La callejuela”: no hubo ningún comprador, y se lo quedó el museo. En 2004, durante una subasta de Sotheby’s se remató “Muchacha sentada al virginal” y se la llevó Steve Wynn, un comerciante de Las Vegas por US$30 millones. Y 10 años más tarde fue el turno para el cuadro más antiguo que se conserva de Vermeer, “Santa Práxedes”. En realidad, era una copia que hizo sobre un cuadro del italiano Felice Ficherelli: nos muestra a la virgen romana que enterraba a los cristianos asesinados en el siglo II. Ese cuadro estaba en poder de Barbara Johnson, la dueña del imperio farmacéutico Johnson & Johnson, y se vendió en US$10,6 millones.

No habrá más en subasta. Solamente quien tenga la oportunidad de visitar algunos de los museos que conservan sus obras, podrá admirarlas. Será el “arte de mirar”, tal como dijo John Berger.

Nota fuente: Diario Clarin.

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